Poesía
Esperan la mañana verde
Editorial El Francotirador Ediciones. 1998. Argentina
Con mínimos trazos descriptivos que van amalgamando reminiscencias e inesperadas revelaciones, estos poemas en prosa de María Rosa Lojo logran situar dentro de un círculo mágicamente iluminado los repetidos sucesos del acontecer cotidiano. Hechos incomprensibles, transmutaciones prodigiosas que parecen surgir de tiempos remotos o de ocultas vertientes de la memoria, establecen de pronto sutiles ramificaciones entre las experiencias concretas y la irradiación de la fantasía.

Los hábitos ancestrales de la herencia familiar marcan inevitablemente un camino a seguir, fijan ritos domésticos –hilar, tejer, coser, bordar- que esconden signos extraños detrás de su aparente monotonía: “Noche tras noche se construye en la casa un andamiaje silencioso. Los habitantes dejan sus ropas de vivir y su torpe calzado de recorrer ciudades que no miran. Rodean las paredes con sábanas tejidas por la hilandera de un cuento interrumpido y se cuelgan de los bordes, llameantes como cabezas de dragones.”

 

En esa alternativa de circunstancias inocentes que por momentos se confunden con lo diabólico, cánticos indescifrables reiteran presagios nefastos y alegrías sorpresivas. Bajo la superficie de la tierra asoman alguna vez raros paisajes de abigarrada trama: “En una de las líneas de tu mano hay un puente que desemboca en el mar; en otra, una balaustrada trunca que se abre en el jardín hacia ninguna parte...” (p. 36) , “Bajo las aguas más grandes de esta tierra hay una ciudad. No es una ciudad encantada ni sus habitantes conocen la eterna dicha. Trabajan en oficios silenciosos y se calzan los pies con botas mullidas que recuerdan la seda. Son pálidos y húmedos y evitan mirarse en los espejos porque sus ojos tienen el don de transparencia.” (p. 44)

Entre los vaivenes de esa atmósfera ambigua abre la poesía de María Rosa Lojo perspectivas distantes y cautelosas. Convoca recuerdos y premoniciones, desde “una voz anterior a la palabra”, y busca descubrir con lúcida mirada las incesantes variaciones de un mundo que regresa siempre a sus orígenes.

Nélida Salvador

 

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Awaiting the Green Morning
Host Publications, Austin. 2008. USA. Translated by Brett Alan Sanders

Dazzling, insightful, and direct, Awaiting the Green Morning takes the reader on a voyage to an unexpected world. Its four distinct sections offer reflections on mythical creatures, the delights of domesticity, the pain of exile, and the forgotten lands of the dispossessed. In María Rosa Lojo’s richly evocative prose poems, space and time are compressed, and the exotic and the familiar become one: vampires are as delicate as spiders’ webs, and everyday objects become a source of wonder and surprise.

 

Lojo’s poetic visions transforms everyday life into a magic universe of fantastic and enigmatic creatures. In her prose poems, familiar persons and objects become strange and unsettling figures, moving through an impossible landscape of dreams. Awaiting the Green Morning is not, however, an escape from the harsh realities of injustice, violence and death, but a transfiguration of human suffering into a world of beauty and of hope.

 

Professor Malva E. Filer

City University of New York

 

Obra de tapa de Leonor Beuter

Forma oculta del mundo
Ediciones Ultimo Reino. 1991. Buenos Aires. Argentina

1 Todo parece el instante de un pavor nocturno –aunque muy secretamente soleado- en este libro de María Rosa Lojo: Forma oculta del mundo.
Llegan habitantes del sueño, con sus palomas de leves, o de penetrantes, trascendencias, y llega todo lo inexplicable de la divinidad de la Poesía deslizándose desde la tierra recóndita, que seguramente existe en los mares de la muerte. Tierra invisible, que llega en largos furgones de cristal negro, con transparencia casi paradisíaca. Furgones conducidos por una plegaria de ángeles, que cantan para el terrestre corazón humano, cansado de las sonoridades de las grandes ciudades del dinero.

2 Se entornan los párpados de las ventanas y las puertas del sueño, y entran mujeres alumbradas por los colores de una luna mestiza, de ojos rasgados por los rayos de un sol de entresueño, sonriendo en una casi inconciente tarea de reconstrucción, desde un negro sol de agua que las protege con su silencio.

3 Llegan también palomas negras, azucaradas por tinieblas, con un resplandor de crepúsculo color de diablo, y traen azucenas en sus pestañas. Vienen a despedir, a tratar de despedir al reinado de todos los tristes dioses. Vienen a favorecer a la coronación más postergada siempre: la de la hermandad.

4 Llega una plegaria ¡tan terrestre! de ángeles ardientes, con pétalos morenos, que baten sus alas junto a los largos furgones de cristal, donde viajan las apariciones que envían las fraternidades del cielo y de la tierra, unificados en un relámpago muy lento, de tinieblas y colores: es la plegaria de la bella Doncella Construcción.

5 Dice María Rosa Lojo en el texto titulado Tan futuro:
“Has conocido la suma de los días, número sin sentido, insensible a las duras calidades del ser que juega y huye, o esforzado aminora la cerrada sequedad de aquellos corredores ministeriales y monásticos, de aquellos trenes con tanto destino árido. Alguien señala desde el puente superior, irrestañablemente verde, alguien descerraja las avaras cancelas que impone la pobreza del no mirar.
Tan futuro, tan húmedo y hacia los ríos: este ser descubierto en el redondo esplendor que fluye”.

Y yo le digo:
Sí, tan futuro y hacia los ríos, y, al mismo tiempo, alguien que señala desde el puente superior. He aquí un abrir y cerrar de ojos, desde el lujo al desamparo, desde un puente verde para siempre en la gran boda del silencio y la sonoridad, desde un alto mirar entre los ríos que fluyen, tal vez, desde hondonadas iluminadas por lámparas de la natalidad de algún dios, señalando la ruta de la infinitud. Una ruta que, inexorablemente, se ilumina cuando pasa el carruaje de una poeta de tan bella y honda legitimidad, una poeta sobrecargada con la imagen plena de un celeste-negro con sangre, liviano, ardiente y blanco, un celeste regresando desde el fondo de la casa de la ética de los sueños, de los sueños encendidos de la vida y de la muerte.

En otro texto titulado La pared, leemos:
“Del otro lado de la pared cantan el amor y el odio de todos los siglos. Vínculos de almas ya muertas que se estrechan en las grandes casas vacías, a la sombra de los bosques eternos.
Podrías arrancarte la máscara que usas para dormir, cruzar del otro lado y escucharlos. Pero sigues escribiendo sobre la mesa de la fruta y el vino, sólo atenta al llamado de los trenes oscuros que cruzan infinitamente el mundo”.

Y yo le digo:
¿Acaso estas almas, ya muertas, no serán las que mandan? Esta poeta recibe mandamientos cuando viaja hacia las puertas de esas casas vacías, mandamientos que luego proyecta desde el foco central de una bellísima claridad, para que se graben en la pantalla viva de la condición humana, ampliando los límites de esa condición.

Ahora voy a leer Magnificat:
“Sombras vencidas por los vientos, el río y la noticia. Vencidas remando a contracorriente, haciendo astillas las vigas de la luz.
Avanza en los rincones de la mañana de remotos, lúcidos soñadores, que dicen de las regiones de la vida y de la muerte cantando hacia el Sur.
El Sur oculto y abierto, partido como las frutas y los días, arrasado por ecos. Caballoeco y marsonido en las costas azules, pino creciente en la ruptura del sueño, rodantes rocas en el valle de felicidad.
Y dices Sur y alegría y promesa y tus lágrimas caen, rápido-amargas en la curvatura de una mano que antes recogió viajes y estrellas, aspas de pinos en el vientovoz que cuida la memoria de tus muertos mientras creces, envuelta en la promesa del Sur, grávida, esperando, deshilando las sombras en el huso de tu destino, urdiendo las campanas de la noticia”.

Y a esto le digo:
Partida como las frutas y los días llegó y es cazadora de paisajes profundos, en el nombre de todo lo viviente, recorriendo el cuadro-vivo de lo visible y lo invisible, cuyos colores reparte, con una tentativa de la libertad ardiente. Campana de la noticia, que, a veces también es de lágrima negra, que sangra desde el corazón de un amplio deseo, recogiendo viajes y estrellas.

Ahora leo el texto El cuadro:
“Sentada contra un paisaje sin fin, quisieras apresar lo lejano, dar de comer al pájaro que canta sobre el roble intangible, en una tela blanca. No hace falta pincel. Con el dedo del corazón vas trazando los colores que no existen en el marco vacío, el único escenario a tu medida, profundo y silencioso como el deseo. Cierra los ojos para que el mundo crezca en la soledad de tu sueño y cuando ha florecido en la corona de una rosa absoluta quieres ver, otra vez la tierra nueva. Sobre la tela, ese rostro desconocido, tu rostro, heredado de un Dios que todo lo abandonó, y en tus ojos el pájaro incesante lo recuerda”.

Y yo le digo, finalmente:
¿Acaso puede cantar con tanta libertad la canción que invoca al Dios que todo lo abandonó? Sí, se puede, como en este caso, cantar con el dedo del corazón. Trazando los amores humanos y divinos, abriendo las ventanas y las puertas que dan a la infinitud, para que el Ser se comunique y arda con el pájaro incesante del rostro de todas las formas ocultas del mundo, iniciando, tal vez, la primera blanca-de oro Natividad sobre la tierra antigua, estrellada de luz nueva, en la comarca gobernada por el más puro deseo de todos los colores.

Francisco Madariaga

(Junio de 1991)

 

Primer Premio Alfredo Roggiano

Segundo Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires

 

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Visiones
Editor Exposición Feria Internacional El libro – Del Autor al Lector. 1984. Argentina

“Estos textos tienen un tono, una cualidad propiamente poética totalmente notable, pues bien se trata, pese a la forma en prosa, de admirables poemas. Usted se sitúa de entrada fuera del post-romanticismo que reina aún en la poesía corriente hispanoamericana. Poesía sin respuesta, discreta, en el lugar donde el poema encuentra de inmediato su intensidad, su misteriosa densidad. Usted va a lo esencial y el dominio de la lengua no impide de ningún modo -al contrario- una sensibilidad muy pura, como cristalina. Estos textos están despojados por completo de las chafalonías de toda estrategia poética y viven de señalar lo indecible, fuera de toda imaginería fácil y caduca.”

Fernando Verhesen

(Director del Centro Internacional de Estudios Poéticos, Bruselas.
De una carta a la autora).

“Este libro nos enfrenta con una obra de sorprendente madurez y de imaginación caudalosa. Escrito en prosa, pertenece, por su asunto y su carácter simbólico, a la más alta zona del lirismo. Su temática se enraiza en las motivaciones permanentes del alma humana: la búsqueda de Dios, la muerte, el tiempo, el amor; y además el asedio a la palabra poética, un asedio infructuoso al lenguaje insuficiente. Esta búsqueda de la expresión de las esencias es meta inalcanzable; el poeta será derrotado en su empeño, pues el lenguaje humano es, simplemente, un juego de signos ciegos, un ‘desgraciado ballestero que nunca da en el corazón de nada’ [...]”

“María Rosa Lojo ha elegido la forma visionaria para exponer, a través de una simbología compleja, esta temática existencial. Sueño y vigilia, vida y muerte, el anhelo de Dios y su rechazo, se unen inextricablemente en una sucesión de imágenes de acentuado surrealismo, dispuestas en parlamentos breves con ritmo de salmodia. El lector percibe de inmediato la atmósfera onírica y al mismo tiempo hondamente religiosa que expresa esta prosa versicular, de sugestión bíblica, con su repetición de sintagmas que van jalonando la expresión poética.”

“La serie de visiones se agrupa y organiza en seis secuencias: ‘Signos oscuros‘?, ‘La palabra muda’, ‘Revelaciones’, ‘Los avatares’, ‘De los amados‘ y ‘El dios que huye‘. Breves epígrafes de San Pablo, Rimbaud, Heráclito de Éfeso, etc., marcan el rumbo y ayudan al lector a orientarse en la selva simbológica que constituye cada secuencia.”

“Es evidente que hay un enmarque representado por la primera y la sexta secuencia [...]. La primera, “Signos oscuros” es, de ambas, la más rica y la más lograda. Los símbolos se suceden incansablemente; un relator, presente en todas las secuencias, informa sobre el peregrinaje hacia otra realidad, hacia ese mundo invertido, el de las ‘formas reales’ [...] La noche omnipresente, “la más alta noche” envuelve los ojos (¿del alma?), sometidos a la temporalidad, amarrados a la tierra firme. Y la gran dádiva divina, la terrible donación, excede las posibilidades de albergarla. La secuencia termina con una visión de tipo dantesco: la marcha de los muertos por el camino invertido, guiados por unos ojos corrompidos por el mal.”

“En “Los avatares” triunfa la concepción de infinitud, de tiempo circular: “no es otra cosa el vivir que este indomable círculo, estas sombras de penumbrosa luz” [...] En este círuclo el hombre es, simultáneamente, lo que recupera (lo que recuerda, el pretérito) y lo que deviene. Sus tres rostros (el de niño, el de hombre y el de anciano) se superponen en el espejo del sueño. Esta atemporalidad nos remite al concepto teológico que ubica nuestro existir, desde el principio, en la mente divina: somos “ideas” de Dios y por lo tanto estamos despojados de temporalidad.”

“Basta con lo expuesto para acercar al lector a la esencialidad de este libro en que se unen lo literario y lo psíquico, lo consciente y lo inconsciente, creando una atmósfera de ambigüedad semántica en la que se alternan y cruzan diversos niveles de la experiencia. La trascendencia de lo representado supera muchas veces, como es obvio, nuestras posibilidades de comprensión unívoca, al mismo tiempo que ponen de manifiesto el sentido abarcador, totalizador, de las vivencias del poeta.”

Celina Sabor de Cortazar

(Letras de Buenos Aires, nº 12, octubre 1984)

 

Primer Premio de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

 

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